A los 97 años, falleció en Unquillo el pintor, dibujante y grabador cuyano. Su obra, marcada por el expresionismo, el compromiso político y una aguda sensibilidad frente a las urgencias de la realidad, deja una huella insustituible en la identidad cultural del país.
La cultura argentina despide a una de sus figuras más luminosas y esenciales. Carlos Alonso, indiscutido maestro de las artes visuales del país, falleció a los 97 años en su refugio cordobés de Unquillo. Con su partida, el arte nacional pierde a un creador monumental que supo entrelazar el rigor técnico del dibujo y la pintura con un testimonio ético inquebrantable de su tiempo.
De Tunuyán a los grandes maestros: la génesis de un artista
Nacido el 4 de febrero de 1929 en Tunuyán, Mendoza, Alonso vislumbró su vocación en una etapa muy temprana de su vida. Como él mismo recordaba al parafrasear a su madre, su relación con el arte antecedió a la lectura y a la escritura. Su talento formal comenzó a pulirse a los catorce años en la Academia Nacional de Bellas Artes de la Universidad Nacional de Cuyo, donde abrevó en las enseñanzas de grandes referentes del período como Sergio Sergí en grabado, Lorenzo Domínguez en escultura, y Francisco Bernareggi junto a Ramón Gómez Cornet en pintura.
Tras realizar su primera gran exposición en la Galería Viau de Buenos Aires en 1953, el joven Alonso emprendió un viaje que lo llevó a mostrar su obra en París y Madrid. A su regreso, su paso por Tucumán junto a Lino Enea Spilimbergo y su posterior estadía en Santiago del Estero marcarían un punto de inflexión definitivo en su trayectoria vital y estética. Fue allí donde el artista confrontó de cerca la crudeza de la pobreza y el hambre infantil, una experiencia que trastocó por completo su lenguaje plástico y su mirada sobre el rol social del creador.
“Creo que un artista tiene un grado de responsabilidad con la comunidad a la que pertenece (…) Elegí la necesidad de reflejar lo que pasaba en situaciones de emergencia, en situaciones de pobreza, en situaciones que no correspondían a la capacidad, la posibilidad, la imagen o el deseo que uno tenía de su propio país”, reflexionaba Alonso al repasar el impacto de aquellos años.
Un ilustrador universal y un cronista de la condición humana
La maestría de Alonso trascendió los límites del lienzo para dialogar con las grandes cumbres de la literatura universal y nacional. Ya en 1951 había cosechado galardones en salones de Mendoza, Tucumán y Santiago del Estero, pero su consagración masiva como ilustrador llegó en 1957, al ganar el concurso de la editorial Emecé para ilustrar el Martín Fierro y la segunda parte de Don Quijote de la Mancha.
Su trazo incisivo dio vida también a obras fundamentales como Romancero criollo, La Divina Comedia, El juguete rabioso, Lección de anatomía y Mano a mano. Su proyección internacional quedó sellada en 1963, cuando la Unión Soviética editó una serie de tarjetas postales con sus ilustraciones del Quijote, equiparándolo con colosos de la historia del arte como Gustave Doré, Honoré Daumier y Pablo Picasso.
Legado y reconocimientos
La potencia expresionista de su obra y su indeclinable compromiso político y social recorrieron las salas más prestigiosas del mundo —desde Roma y Milán hasta Londres, México y La Habana, además de los principales museos de la Argentina—.
A lo largo de su fecunda trayectoria, su labor fue distinguida de múltiples maneras: recibió en dos oportunidades el prestigioso Premio Konex de Platino (1982 y 1992) como mejor dibujante de la década, el Konex de dibujo y Mención Especial a la Trayectoria en 2012, y en 2018 fue galardonado con el Premio Nacional a la Trayectoria Artística del Salón Nacional de Artes Visuales.
Hoy, la comunidad artística entera despiden al maestro. Carlos Alonso se marcha sabiendo que su pincel y su línea no solo retrataron los dolores y las grandezas de la Argentina, sino que construyeron un espejo ético donde nuestra cultura continuará reconociéndose para siempre.
FUENTE: Cultura Nación.




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