OPINION

No hay nada más problemático que preguntar por lo obvio. Porque al hacerlo se rompe el horizonte natural de comprensión del mundo donde abundan las certezas. Al preguntar por lo obvio y evidente, el saber se propone como un itinerario que lleva desde las certezas a las dudas.

Sucede así con el nombre de nuestra isla.
Puede leerse, donde sea que uno busque, que el nombre “Tierra del Fuego” se debe a la visión que tuvieron de esta isla los primeros marinos europeos que exploraron sus costas, quienes desde sus barcos divisaron sorprendentes y constantes fogatas. Se refieren a la flota a cargo de Magallanes que descubrió el estrecho que hoy lleva su nombre y terminó completando con sus sobrevivientes la primera circunnavegación de la tierra.
Sin embargo, si alguien se pregunta quiénes son esos marinos y dónde dieron testimonio de las fogatas que veían permanentemente en estas costas, difícilmente encuentre un nombre o un documento. Por no decir que es imposible encontrar el testimonio fehaciente de algún navegante que hable de haber visto las fogatas fundantes de la locución nominal de nuestra isla.

A su regreso a España, ni Sebastián El Cano, ni Francisco de Albo, ni Ginés de Mafra hacen mención alguna a los supuestos fuegos avizorados en estas costas. Tampoco aparece nada en el relato conocido como el del “portugués compañero de Duarte de Barbosa” o el del “piloto genovés”. Y ya que muchos testimonios se perdieron, estos son todos los relatos que han llegado hasta nosotros de los navegantes de la expedición que dio la vuelta al mundo por primera vez.  Tampoco está de más destacar a esta altura que no hay ningún dato histórico o antropológico que indique que los selknam vivían cerca de la costa haciendo grandes fogatas visibles desde el mar.

Es aquí cuando uno debe suponer que la elaboración del nombre de nuestra isla es mucho más sinuosa y recóndita de lo que se cuenta y que tiene que ver más con la literatura y la imaginación crítica que con inequívocos enunciados observacionales de sorprendidos navegantes.
Si hablamos de literatura, es porque los últimos rastros del nombre de la isla se pierden en los textos de dos literatos. El primero es de Antonio Pigaffeta, cronista a bordo de la expedición de Magallanes, que en su “Relación sobre la primera vuelta al mundo” habla de que un día avizoraron “humo”. La referencia es anecdótica y lateral dentro de la narración de las vicisitudes sufridas con dos embarcaciones que exploraban el estrecho y creyeron perdidas. «al divisar humo en tierra, -escribe Pigafetta- conjeturamos que los que habían tenido la fortuna de salvarse habían encendido fuegos para anunciarnos que aún vivían después del naufragio”. Este humo quedó inexplicado en el misterio, ya que los navíos aparecieron al rato sanos y salvos.

El segundo testimonio es de Maximiliano de Transilvano quien relata que una noche “…vieron gran multitud de fuegos en la tierra que estaba a la mano siniestra del Estrecho hacia el austro, de donde conjeturaron que habían sido vistos de los habitadores de aquella región, y que se hacían aquellas almenaras de fuego unos a otros; nunca, empero, pudieron ver persona alguna”. Si bien el evento descrito por Transilvano también es aislado y acotado, encuadra dentro de la tradicional explicación. Hay que decir que el texto de Transilvano alcanzó una rápida y gran difusión en su tiempo, entre otras cosas, por ser el único escrito en latín. Y no habiendo más referencias a fuegos que ésta, la narración de Transilvano debe tomarse como la originante del nombre de la isla.
Lo que sucede con el relato de Transilvano, sin embargo, es que es plenamente una obra literaria, de alguien que no formó parte de la expedición y que ni siquiera estuvo alguna vez en América.

Transilvano era un escritor húngaro székely, secretario de Carlos V, que a los pocos días del retorno de los sobrevivientes (5 de octubre de 1522), escribió una carta (género predilecto de la escritura en y sobre el nuevo mundo) destinada a Mateo Lang de Wellenburg, cardenal arzobispo de Salzburgo y obispo de Cartagena. Allí Transilvano, a partir de lo que escuchó de los protagonistas, reelaboró la historia en un informe de tono laudatorio exaltando la admirable travesía. La inmediatez le dio verosimilitud y credibilidad.
Y tan solo para remarcar que estos testimonios sobre humo y fuego en nuestra tierra no son informes de objetividad rigurosa, digamos que Pigaffeta describió también gigantes de tres metros en la Patagonia y nidos de garudas en Asia y que Transilvano se refiere al capitán que completó la travesía como “Miguel” El Cano, en vez de “Juan Sebastián”.

Lo cierto es que los creativos relatos de Pigaffetta y Transilvano guiaron a los primeros cartógrafos, que a la distancia y con los poquísimos datos que contaban, dieron cuenta de los nuevos hallazgos y abstrayendo detalles eventuales bautizaron a accidentes geográficos de la imaginada costa del estrecho a la que representaron sin el territorio al que pertenecía. Así, en el mapa de Diego Ribero de 1525 aparecen “tierra de humos” y “tierra de los fuegos”, entre otros tantos nombres de lugares de la margen sur del estrecho. En el de Gaboto de 1544 aparecen también sitios nombrados como “Sierra de los fumos” y “todos los fuegos”.
Pero la cartografía del siglo XVI, heredera de la cartografía medieval, así como representaba con rigor lo conocido, patentizaba lo incógnito con tierras emergidas de la ficción y dando campo libre a la imaginación.  Por esta razón rápidamente, en los mapas posteriores a los de Ribero y Gaboto, se situó debajo del estrecho la mítica Terra Australis Ignota, conjeturada por Aristóteles y Eratóstenes sobre la base de prejuicios relacionados con la simetría geométrica del mundo.

Por alguna razón inexplicada, aunque tal vez influenciados también por las representaciones griegas homéricas del mundo como una esfera cuya mitad inferior era el espacio del tártaro de la oscuridad y el fuego, la tierra asociada a los fuegos dejó de ser un nombre de un punto en la costa para designar una región o la totalidad de aquel supuesto continente gigante desconocido. Sucedió así por primera vez, quizás, en el mapa del mundo de Giacomo Gastaldi de 1545. La seductora conjunción de los dos elementos primordiales pasó de apelativo accidental y costero a genérico sustancial de un territorio. De gramática fluctuante, la denominación cartográfica navegó de allí en adelante de “Tiera del Fuego in cognita” en el mapa de Paolo Forlani de 1560 al intrigante “Tierra de Fuego” en la carta náutica de Joan Martines de 1572 a “Australis Terra del Fogo” en el mapa de Levinus Hulsius de 1602, entre muchos otros casos.
Después de que en 1616 la expedición holandesa de Le Maire y Schouten navegara al sur del Cabo de Hornos nuestra tierra empezó a ser representada en la cartografía como la isla que era y no más como un continente. Y aquel nombre que identificaba una región fantasiosamente continental pasó a ser paulatinamente el nombre de la corroborada insularidad. Denominada “Tierra del Fuogo” en la cartografía de Johannes de Laet de 1625 o “Terre de Feu” en los mapas de Henricus Hondius entre los años 1628-1630.
Ni masivos ni permanentes avistajes de fuegos.  Más bien, imaginativo derrotero cartográfico sobre detalles marginales de relatos literarios. De nombrar un sitio de la costa sur del estrecho, a designar la región de un continente imaginario y de allí a nombrar la isla real. “Tierra de los fuegos”, “Todos los fuegos”, “Tierra de Fuego”, “Terra del Fuego”, el nombre tuvo tantas inestabilidades como el fuego mismo hasta normalizarse en “Tierra del Fuego” a fines del siglo XVII. Curioso viaje toponímico desde el plural situado hasta el universal abstracto que deja ver en acción a esa cartografía de invenciones creativas concebidas bajo formas simbólicas. “Tierra del Fuego”, tierra del único elemento de las cuatro raíces empedocleanas, que no puede encontrarse en estado natural en ella, ni como relámpago.
Pero cuando la construcción ficcional del nombre que hacen los cartógrafos parece errar y equivocarse es también cuando más acierta. Porque el fuego es el elemento indispensable para la vida del hombre en esta tierra, y ésta es, en consecuencia, la tierra del elemento que ha tenido y tiene existencia producida, continua e ininterrumpida desde que el hombre la habita. Tierra del Fuego no puede significar aquí otra cosa que Tierra de aquél cuya existencia histórica ha llegado hasta este lugar gracias al dominio técnico de la luz y el calor de las llamas. Tierra del hombre, tierra nuestra.

FUENTE: Dirección de Prensa Universitaria UTN.
OPINIÓN:  Fabio Seleme, Secretario de Cultura y Extensión UTN-FRTDF


Si te gustó compartilo    

Los comentarios están cerrados.